En la última reunión Alicia nos felicitó a las chicas del blog, nos puso como ejemplo para el resto del grupo con el que hacemos terapia. Dijo que cada una, en su estilo, había sido muy valiente al contar lo que le daba vergüenza, y que se sentía orgullosa de nosotras. Después empezó la ronda habitual en la que ella suele decirle algo a cada uno como para animarlo a compartir más. Yo siempre tengo miedo de ese momento. Te mira fijo a los ojos y te dice algo con un tono tan suave que parece inofensivo, pero yo, no sé por qué, siempre me siento como en el banquillo de los acusados cuando me toca.
Esta vez me dijo:
-Gaby, chiquita, estás triste…
No dijo nada más que eso, pero yo sentí como si la cara me quemara y lo único que quería era salir corriendo. No sé cuánto tiempo estuvimos en silencio hasta que Alicia preguntó a todos, levantando la voz: ¿y qué hacemos cuándo estamos tristes? ¿de qué manera podemos ayudarnos a sobrellevar la tristeza? ¿la tristeza se combate o se soporta? y otras preguntas por el estilo.
Yo por lo general soy de las que se refugia en el trabajo para no pensar en lo que me pone triste. O salgo a andar en bicicleta y pedaleo frenéticamente durante horas. O me pongo a limpiar el departamento. Trato de mantenerme ocupada y de no aburrir a nadie con mis problemas. No soy de las personas que se quedan paralizadas por el dolor, hablando siempre de lo mismo, como si les gustara estar metiendo el dedo en la llaga. Hasta ahora, el sistema de no hacerle caso a la tristeza siempre me había funcionado bastante bien. Pero últimamente no sé lo que me pasa. Es como si la tristeza fuera una mochila que me llevo conmigo a todas partes, que no me la puedo sacar y que no puedo ignorar. Es como si todo lo que me rodea me hablara de eso que me duele: una canción pedorra en la radio que suena en el colectivo, una lámpara que no enciende en la oficina, una vereda rota, un mate frío, cualquier cosa. Así que supongo que uno puede ser práctico con estas cosas pero sólo hasta cierto punto. Porque por más que trates de evitarlo, a veces es como si la llaga fuera hacia el dedo, ¿no? Como si uno necesitara sangrar un poco antes de cicatrizar, qué se yo. Sigo odiando que me pase esto, esta debilidad, esta cosa de ser dominada por algo que no puedo manejar, pero creo que no me queda otra que esperar.